La recuerdo sentada en su asiento de enea, vestida de negro, con su mandil de cuadros. Mientras trabajaba el barro, me hablaba de un tiempo que yo no había vivido, pero que ella me hacía sentir cercano con cada gesto y cada palabra.
En sus manos habitaba la memoria de un barrio entero, el de Las Cantarerías, y de todas aquellas mujeres que, como ella, moldearon barro y vida a partes iguales.