Una historia escrita en barro
La alfarería ha sido durante siglos una de las principales señas de identidad de Mota del Cuervo. No se trataba solo de un oficio, sino de una forma de vida que dio carácter al pueblo y, en especial, a su histórico barrio de Las Cantarerías.
A lo largo del tiempo, el barro acompañó la vida cotidiana de generaciones enteras: desde el agua que se bebía hasta los alimentos que se conservaban, pasando por los rituales domésticos y comunitarios. Cada pieza cumplía una función concreta y respondía a una necesidad real.
Esta es la historia de una tradición profundamente ligada a la tierra, al trabajo manual, a la mujer y a la memoria colectiva de La Mancha.
La evolución de una alfarería ligada a la vida cotidiana de La Mancha
(Edad Media)
XV–XVII
XVIII
esplendor y declive
(Edad Media)
Las formas, técnicas y la estructura del barrio de Las Cantarerías apuntan a un origen vinculado a la tradición cerámica mudéjar. El uso del torno bajo, la arcilla local y la cocción en horno de leña sitúan esta alfarería dentro de una larga herencia peninsular.
XV–XVII
Las primeras referencias documentadas aparecen en 1478, cuando ya se cobraba el diezmo de los cántaros, señal de la importancia económica del oficio. El barrio de Las Cantarerías se consolidó como un enclave gremial habitado principalmente por judíos y moriscos.
XVIII
El Catastro de Ensenada (1752) recoge la existencia de varios hornos y un elevado número de alfareros, muy superior al de otros oficios artesanos. La alfarería se convierte en una actividad central para la economía local.
esplendor y declive
Durante la primera mitad del siglo XX la alfarería vive su mayor auge, con varios hornos activos y una amplia producción destinada a toda La Mancha. La llegada del agua corriente y de nuevos materiales industriales provoca un rápido declive: de más de un centenar de alfareras en 1960 se pasa a solo unos pocas en los años 80.
Una alfarería hecha por mujeres
La alfarería de Mota del Cuervo fue, en su mayoría, un oficio femenino. Las cantareras elaboraban las piezas en sus propias casas, transmitiendo el conocimiento de madres a hijas durante generaciones.
Mientras los hombres solían encargarse del barro, la leña, la cocción o la venta, fueron las mujeres quienes sostuvieron el trabajo cotidiano del taller doméstico. Este carácter femenino y utilitario permitió que la técnica se conservara casi intacta, manteniendo un alto valor etnográfico y cultural.
Hoy, esta tradición se reconoce como un patrimonio intangible que explica no solo cómo se hacían los objetos, sino cómo se organizaba la vida en el barrio de las cantarerías.
